domingo, 15 de noviembre de 2009

Unplugged Virtual

Harían bien las parejas de novios en no estar conectados virtualmente.

Resulta muy saludable para el fortalecimiento de las relaciones que no se inicie vínculo alguno a través del Messenger, el Facebook o esa cosa que no sé cómo diantres funciona y que se llama Twitter.

El Messenger es un medio genial y muy útil para la temporada de seducción. Afanar a través del Messenger –ayudándote con los explícitos emoticones y siendo todo lo atrevido que no eres cara a cara– es tremendamente cómodo.

Sin embargo, por irónico que parezca, una vez que estás con enamorada, esa misma herramienta –antes cómplice– se convierte en vil enemiga.

Por eso, para evitar ese despropósito, esta es mi recomendación: si tu novia figuraba entre tus contactos antes de convertirse en tu novia, sácala lo antes posible y pídele que haga lo mismo contigo. Si, en cambio, ella nunca estuvo en tu red virtual, no la incorpores.

Y es que tener a la novia en el Messenger propicia varios escenarios incómodos. Por ejemplo:


1) Ambos se acostumbran a chatear más que a conversar, y por la noche, cuando se vuelven a ver después de un extenuante día de trabajo, ya no tienen gran cosa que contarse. Todos los temas sustanciosos del día –esos que hubiese valido la pena desmenuzar en vivo y en directo– se agotaron en el Messenger, se perdieron en la velocidad de esas frías chácharas de pantalla.

Como consecuencia, una vez que están solos, frente a frente, los silencios se multiplican entre ustedes de modo vertiginoso. Las capas de hielo se van levantando, una detrás de otra. “De qué le hablo, carajo, de qué le hablo”, te interrogas hacia adentro. Ella te mira, tú la contemplas. Eso es todo. A su costado, una pareja de maniquíes se vería más locuaz y comunicativa.

2) Con tu novia conectada todo el tiempo, el chat puede dejar de ser un placer relajante para convertirse en una adicción enfermiza. Chatean una, dos, tres horas seguidas y el chateo frenético los distrae por completo de sus respectivas labores oficinescas. Sin darse cuenta, de tan enchufados que están a la ventanita del MSM, de tan pendientes que paran de la inmediata respuesta del otro, se transforman en empleados sonámbulos. Rinden menos, producen la tercera parte de lo que producían, flojean y dejan de cultivar la iniciativa profesional que antes los distinguía. O sea, pasan a ser un par de mediocres más del sistema.

3) Si los diálogos virtuales de cada día se hacen muy extensos, corren el riesgo de tornarse desangelados y hasta pueden caer en un pozo funesto. Ahí hay que tener mucho cuidado, ojo, porque el hastío del bla–bla–bla suele dar lugar a patéticos malentendidos.

4) Ese es otro punto grave: como en el Messenger no hay comunicación gestual, uno interpreta tonos e intenciones que no siempre coinciden con los originales. Allí donde uno soltó un chiste, el otro asumió una burla. Allí donde uno lanzó una propuesta seria, el otro asumió un chiste. Allí donde uno lanzó una burla, el otro asumió una propuesta seria. Las posibilidades de tergiversación son infinitas. Al final, los dos, por viciosos de la tecnología, acaban jugando al teléfono malogrado y dañan lo que pudo ser una conversa bacán, abierta, clara y memorable.

5) A través del Messenger los novios están tan ubicables que dejan de extrañarse. ‘Ver’ a tu novia en el estado de conectada es una manera de certificar que está bien, que está a salvo, lo cual desmantela esa siempre recomendable cuota de incertidumbre que debe existir ente dos chicos que se gustan y se quieren. No saber nada de tu novia a lo largo del día hace que te preocupes por ella, que te inquiete conocer su paradero, que la añores. ‘Verla’ allí, en cambio, convertida en un disponible y regordete peón verde, puede arruinar el encanto de la distancia bien administrada.

Cabe señalar aquí que nunca falta el enamorado celoso y atormentado que desconfía de la autenticidad de los estados virtuales de su pareja. Si ella está en Salí a comer, él piensa que sí, salió a comer, pero con otro. Y si ella está en Ocupado o Ausente, él sospecha todo lo contrario: que está muy libre y muy presente, pero que no quiere hablarle.

6) Si tu novia es muy susceptible, tarde o temprano reclamará aparecer en la foto de tu perfil del Messenger (que, para mi sorpresa, ha terminado teniendo casi tanto valor como la foto de la billetera). Si en vez de poner una imagen de los dos, tienes la frescura de colocar una muy sexy en la que sales solo y sonriendo, ay de ti, tendrás que soportar un cruel interrogatorio.
“¿Y esa fotito?”, “¿Por qué no pones una foto conmigo ah?”, “¿Acaso me niegas?”, “¿O no quieres mostrar que tienes enamorada?”. “Anda, pues, pon la que nos tomamos el otro día en Barranco, a ver si me quieres”. “Pruébalo”.
Esas son típicas demandas posesivas de las novias que no se quedarán tranquilas hasta lograr su legítimo y algo vanidoso cometido: que te luzcas con ellas en el palacio de la fama de Internet.

7) Con el Facebook la cosa se complica todavía más. Si cometiste el error de inscribir a tu novia como uno de tus contactos, más te vale que especifiques tu estatus sentimental dentro de los datos generales. Recuérdalo, ya no estás soltero: estás en una relación, y es menester que lo proclames y hagas público. Eso sí, recuerda algo: entre hacer ese anuncio y llevar un anillo en el dedo no hay ninguna diferencia.

Ingresar a sus redes sociales sería como rebuscar en sus cajones, como mirar las llamadas de su celular, o como revisar su agenda rápidamente mientras ella se levanta para ir al baño.

Hay que practicar una filosofía más desapegada. Mi precepto de cabecera es este: “Si quieres que una mujer no te engañe, dale la libertad para que lo haga. El día que le impongas una restricción estarás invitándola a que la viole”. ¿Qué quiere decir eso? Que la libertad nos lleva a moderarnos, sin necesidad de sufrir el yugo de candados exteriores.

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